El concepto de violencia en perspectiva

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¿Cómo pensar el concepto de violencia para construir nuestra definición del concepto de “Convivir”? ¿Por qué la violencia profundiza la desigualdad? ¿Por qué construir una cultura de paz es clave para promover la igualdad entre las personas? 

Según el diccionario de la Real Academia Española, violencia significa:

  1. f. Cualidad de violento.
  2. f. Acción y efecto de violentar o violentarse.
  3. f. Acción violenta o contra el natural modo de proceder.
  4. f. Acción de violar a una persona.

Según lo mencionado, todo indica que debemos concentrarnos en la definición de “violento/a”, que como adjetivo significa “Dicho de una persona: Que actúa con ímpetu y fuerza y se deja llevar por la ira.”  Cuando hablamos del verbo, nos referimos a “violentar”, cuya definición es:

  1. Aplicar medios violentos a cosas o personas para vencer
    su resistencia.
  2. Dar interpretación o sentido violento a lo dicho o escrito.
  3. Entrar en una casa u otra parte contra la voluntad de su dueño.
  4. Poner a alguien en una situación violenta o hacer que se moleste
    o enoje. U. t. c. prnl.
  5. prnl. Dicho de una persona: Vencer su repugnancia a hacer algo.

Como vemos, la violencia puede manifestarse de muy distintas formas. El odio, la discriminación, el racismo, la exclusión, son manifestaciones tan considerables como la agresión física. Como vemos en la definición, la violencia se manifiesta hasta cuando hacemos que alguien se violente, se enoje o moleste.

Si la violencia no se previene, reconoce y aborda adecuadamente puede tener consecuencias significativas en todos los involucrados, tanto los victimarios y las víctimas, como los observadores de estas situaciones. Cuando somos parte de una situación de violencia, nos convertimos en sujetos más vulnerables, porque al mismo tiempo que sentimos que tenemos menos capacidad de actuar frente a los desafíos de nuestra vida, nos vamos sintiendo disminuidos y aislados, con menor estima y auto-confianza, y nuestros lazos sociales comienzan a quebrarse.

Esta menor capacidad, que vulnera nuestro desarrollo humano, también se acentúa porque la violencia hace que nuestras historias y caminos, lejos de complementarse y enriquecerse, se enfrenten y se aíslen, perdiendo de vista la importancia del cuidado del otro y su seguridad. Las situaciones de violencia hacen que tomemos decisiones disociadas de nuestros contextos, las cuáles crean a su vez inseguridad para nosotros y para los demás.

Si las situaciones de vulnerabilidad no se reconocen y afrontan desde las instituciones educativas de un modo permanente y sostenible en el tiempo, la educación puede terminar generando condiciones que profundicen la desigualdad, en vez de potenciar el desarrollo humano y ser un motor clave de la movilidad social.

Conforme a lo mencionado, es conveniente reflexionar cómo la violencia profundiza la desigualdad y la vulnerabilidad sobrepasando factores socioeconómicos. La desigualdad y la vulnerabilidad son vividas por estudiantes de distintos estratos sociales para los cuáles la violencia ha incrementado sentimientos de inseguridad, disminuyendo su creencia y confianza en sí mismos acerca de sus capacidades para tomar decisiones que respondan adecuadamente a situaciones adversas (resiliencia) y les permitan desarrollar proyectos de vida decentes que estén en armonía y coherencia con las comunidades de las que son parte.


Características de la violencia escolar

De acuerdo con un estudio de CEPAL América Latina:violencia entre estudiantes y desempeño escolar (2014), hablar sobre violencia escolar es indagar y profundizar sobre una de las dimensiones de análisis del clima escolar, ya que los fenómenos de violencia escolar

(…) emergen en el contexto de la convivencia, y por tanto, se enmarcan en las normas, rutinas, procesos, sistemas de interacción e intercambio, subjetividades y pautas culturales propias de cada institución escolar. A estas prácticas subyacen conductas, creencias y actitudes de todos los actores involucrados, sean éstas de afecto, valoración, satisfacción, amistad, colaboración o tolerancia, como asimismo de desafección, prejuicios, discriminación, exclusión o intolerancia”. (Página 39)

La violencia escolar no es un fenómeno reciente, sin embargo, en los últimos años parece haberse convertido en un fenómeno más notorio y que concentra una mayor atención y preocupación de las sociedades. Esto puede deberse, tal vez, a la repercusión que los casos tienen en los medios de comunicación. Sin embargo, si se indaga un poco más profundo, podemos ver que la violencia escolar se haya estrechamente relacionada en el imaginario colectivo con las situaciones de violencia que se viven fuera de la escuela. La hipótesis es que si crece la violencia fuera de la escuela, ésta se traslada a su interior sin tener la escuela mucho que hacer en su prevención. En definitiva, la institución escolar no puede resolver los problemas estructurales que aquejan a las sociedades, aún cuando la educación siempre es vista como la solución a todos los problemas.

Esta concepción ha tenido que ver, en parte, con la implementación de enfoques tradicionales de diagnóstico y prevención, de “securitización” de la violencia escolar, cuya contextualización en los ambientes educativos ha sido compleja y ha demostrado no ser suficiente para comprender y abordar propositivamente tanto las causas como las consecuencias de la violencia en los contextos educativos. Por ejemplo, cómo se interrelaciona la violencia escolar con las situaciones de desigualdad y vulnerabilidad que viven los estudiantes, sus familias y sus comunidades; qué estrategias socioeducativas deben formularse para que la educación se transfiera de tal modo que no suponga un factor contribuyente a una mayor desigualdad, y que en cambio promueva respuestas inclusivas y diversas con respecto a las trayectorias de vida e intereses de los estudiantes.

Tal como sostiene la publicación Clima, Conflictos y Violencia en la Escuela, elaborada por FLACSO Argentina y UNICEF (2011),

“En cualquier caso, la relación entre la institución escolar y los contextos más amplios que la intersectan (como los sociales y culturales) o que ésta incluye (los factores individuales) ha de ser objeto de una pregunta empírica y de un dispositivo metodológico que nos permita distinguir entre aquellos aspectos para los cuales la influencia causal de la institución es mayor y aquellos en los que la escuela es simplemente escenario u ocasión de hechos de violencia que se gestan en entornos que la exceden. Caso contrario nos exponemos al riesgo de dirigir nuestras intervenciones hacia niveles en los cuáles las mismas pueden no tener efecto”. (Página 19)

La escuela debe ser protagonista (y ser llamada a protagonizar) tanto de la elaboración del diagnóstico como de las soluciones. Es decir que deben revisarse hacia el interior de la escuela elementos tales como

“la inconsistencia por parte de los docentes o directivos, la falta de claridad o arbitrariedad en las reglas o en su aplicación, las operaciones ambiguas o indirectas ante la inconducta (p.e. utilizar las calificaciones como sanción ante la inconducta), el desacuerdo entre los agentes del sistema escolar en cuanto a la existencia, el contenido o la aplicación de las normas, la falta de respuestas a la inconducta persistente, la irrelevancia de las normas desde el punto de vista de los alumnos, la existencia de relaciones conflictivas entre docentes y directivos, una dirección inactiva o ausente, bajos recursos y tamaño (expresado en la tasa de alumnos por docente).” (UNICEF- FLACSO, 2011, Página 19)

Por lo mencionado, es conveniente que los educadores se esfuercen en contextualizar la violencia escolar y trabajen colaborativamente para encontrar soluciones acordes a las realidades que los rodean. Aprender a vivir juntos puede adquirir diferentes significados y expresarse a través de distintos modelos de trabajo integrales que excederán una visión focalizada en resolver un determinado conflicto o una situación particular de violencia. Abordar la violencia escolar supone en la actualidad una mirada hacia el empoderamiento de los y las estudiantes, y porque no, de todos los miembros de la comunidad educativa, para pensar en las raíces del problema, y entenderlo y resolverlo desde un paradigma de complejidad que comprenda a las distintas variables interdependientes.

La experiencia en este campo muestra por un lado, que la resolución de la violencia escolar se alcanza cuando se diseñan iniciativas que proponen un abordaje integral de la paz, es decir que exceden los muros escolares y colocan a la escuela en el centro, o bien como uno de los actores más importantes, en la promoción de desarrollo de las poblaciones que a ella concurren.

Por otro lado, que la paz es, en la mayoría de las oportunidades, definida por las personas no tanto como la resolución de la violencia, sino como aquello que necesitan para alcanzar su bienestar. El significado de este último concepto puede variar ampliamente y traducirse en metas sociales que van desde el desarrollo económico, hasta el ejercicio de derechos humanos básicos como el acceso a las artes, la cultura, los deportes, a servicios de salud, educativos y de seguridad de calidad, o bien a un medio ambiente sano.

La experiencia también muestra el valor que la escuela salga al encuentro de la comunidad de la cual es parte, poniendo sus recursos institucionales al servicio del fomento de la integración y cohesión social. Esto se logra educando a los estudiantes y a sus familias en aquellas cuestiones que son relevantes y pertinentes a su contexto, entendiendo la vida que viven hoy y aquella que desean vivir en un futuro.

La escuela debe reconocer en los procesos de enseñanza y aprendizaje, y en sus estructuras institucionales, que sus estudiantes, los docentes, los padres, los directivos, son parte de una comunidad que, al mismo tiempo que excede a la escuela, la incluye como uno de sus principales actores en los procesos de transformación que se proyectan para mejorar las condiciones de vida. Es decir que al entrar a la escuela, docentes, estudiantes, padres y directivos no dejan de lado, detrás de sus puertas, su carácter de miembros de la comunidad.

Si esto no sucediera, tendríamos una institución escolar que funciona en el aislamiento y con escasa capacidad de producir encuentros entre generaciones, culturas e historias que construyen realidades diversas y legítimas en las comunidades, las que proporcionan su regeneración y sostenibilidad en el tiempo. En otras palabras, de producir conocimientos y prácticas para desarrollar espacios y sentimientos de convivencia.

Cuanto mayor es nuestra capacidad de vivir juntos, mayores son las posibilidades de resolver nuestros conflictos pacíficamente. Cuando no lo hacemos, florecen los sentimientos de discriminación, resentimiento y falta de valoración y respeto por el otro. Éste, ya no es nuestro igual y pasamos a mirarlo como nuestro enemigo.


 

¿La violencia escolar es un fenómeno novedoso?

La violencia escolar no es un tema novedoso. Según el estudio de la CEPAL “América Latina: violencia entre estudiantes y desempeño escolar (2014), las primeras referencias a este tema se remiten a  la década de 1970, cuando el investigador Olweus comenzó a dar cuenta de maltrato y abusos como una práctica común y sistemática entre compañeros de escuela. Este fenómeno, que hoy se conoce como bullying, refiere a

“Distintas situaciones de intimidación, acoso, abuso, hostigamiento y victimización que ocurren reiteradamente entre escolares. Se trata de situaciones repetidas y permanentes de injusticia y abuso de poder (psicológico o físico) que implican y tienen consecuencias distintas, aunque igualmente preocupantes, para todos los estudiantes que se ven envueltos en tales prácticas.” (Página 38 y 39)

En estas prácticas, que pueden ser físicas, verbales, psicológicas y sociales, se identifican los siguientes tipos de actores, a saber:

  • Estudiantes acosadores o agresores.
  • Estudiantes víctimas del acoso o abuso.
  • Los estudiantes que conocen que existe esta situación (y pueden, o no, denunciarla).
  • Ayudantes del victimario.
  • Promotores del bullying.
  • Defensores de la víctima.

Entre las formas de maltrato más frecuentes que suscita el bullying, se identifican las siguientes: insultos, amenazas, apodos y sobrenombres, golpes, agresiones directas, robos, rumores y la exclusión o aislamiento social. También se produce el acoso por internet o ciberbullying.

Según el Ministerio de Educación de Colombia, a través de su publicación “Colombia aprende”, el bullying “suele estar provocado por un alumno (el matón), apoyado generalmente en un grupo, contra una víctima que se encuentra indefensa, que no puede por sí misma salir de esta situación. Se mantiene debido a la ignorancia o pasividad de las personas que rodean a los agresores y a las víctimas sin intervenir directamente”.

Las prácticas de violencia, y sobre todo del bullying, pueden responder, según el estudio de la CEPAL América Latina: violencia entre estudiantes y desempeño escolar (2014), a “patrones culturales de dominio-sumisión que emergen entre iguales y en espacios institucionalizados de estrecha convivencia cotidiana.” (Página 39).  En este sentido, la violencia escolar no sólo afecta a los grupos más vulnerables, sino que se genera en todo contexto, y en toda relación donde se produzca una desigualdad, específicamente en las relaciones sociales. Esta desigualdad puede transmitirse entre los pares, a partir de situaciones de rechazo, maltrato, discriminación, y falta de respeto y reconocimiento a la historia personal y social, a la cultura de cada uno, a nuestra diversidad. La desigualdad puede crearse y reproducirse a través de la enseñanza, toda vez que ésta no está centrada en, ni responde a las necesidades, el contexto de los estudiantes; toda vez que no es concebida por los educadores y otras autoridades educativas, como un proceso de transmisión intergeneracional, capaz de brindarles las herramientas para empoderarlos con el fin que puedan elegir libremente las opciones, el destino de su vida.

Otras causas no menos importantes a la hora de analizar cómo se origina la violencia escolar tienen que ver con:

  • la violencia contextual con la cual conviven y son sometidos los miembros de una comunidad;
  • la falta de atención, cuidado y afecto familiar dentro de la familia, y entre los padres o tutores hacia los niños, niñas, adolescentes y jóvenes;
  • la violencia intra-familiar -desde los golpes hasta el abuso verbal-, y la violencia que ocurre en la misma institución escolar.
  • el impacto de los medios de comunicación en los comportamientos violentos de adultos y niños.

Prácticas en el terreno en contextos de violencia social y escolar, que han involucrado la activa participación de niños, niñas, adolescentes y jóvenes, dan cuenta que la violencia, además de las causas mencionadas, sobreviene también por problemáticas sociales como la drogadicción, el consumo de alcohol, la falta de acceso a la educación, a la cultura y al deporte, la falta de cuidado de nosotros mismos y del otro, y hasta la contaminación medioambiental.


La violencia entre pares no es exclusiva de instituciones escolares localizadas en áreas pobres y marginales, ni tampoco se concentra en un nivel escolar específico. La violencia es un reflejo del fenómeno que se extiende en todas nuestras sociedades, en nuestras comunidades, en el día a día, en todos los estratos socioeconómicos y en todos los niveles educativos. Las causas de la violencia son mayormente los niveles de desigualdad social, la intolerancia y la discriminación.

Sin embargo, parece resultar cierto que ante la violencia los y las estudiantes que pertenecen a los estratos socioeconómicos más bajos pueden tener impactos mayores acentuando su vulnerabilidad, es decir su capacidad de pensar, comprender y actuar frente a contextos cada vez complejos y desafiantes que presentan nuestros países y el mundo, desde una crisis económica hasta un desastre natural.

Esto se produce porque la violencia escolar además de impactar negativamente en las condiciones que facilitan los procesos de enseñanza y aprendizaje, también afecta al sujeto mismo, a su autoestima y auto-confianza, y por tanto, a su capacidad de actuar y relacionarse socialmente con otros, desarrollar y experimentar sentimientos de confianza, seguridad, empatía, hermandad, solidaridad, afecto, cuidado, y compasión. La violencia impacta entonces en nuestra capacidad de vivir juntos y sentirnos parte de un todo al cual contribuimos, colaboramos, con nuestras acciones. La violencia profundiza la exclusión social y dificulta la convivencia al afectar la construcción de un marco con valores comunes que son esenciales para asegurar la integración y cohesión social.

Según el estudio mencionado de la CEPAL “Poder aprender sin miedo, en un clima confiable, se constituye en una de las condiciones fundamentales para que cada estudiante fortalezca habilidades de todo tipo y se apropie de aquellos aprendizajes que asegurarán el pleno desarrollo y la participación social. ” (Página 38)

Para que una educación de calidad tenga lugar, es menester asegurar que entre los servicios educativos que brinde una institución escolar esté la posibilidad de asegurar un ambiente de paz, convivencia y seguridad donde el aprendizaje pueda ser estimulado, producido y practicado colaborativamente.