Educación para una Ciudadanía Democrática

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¿Puede el desarrollo de una cultura ciudadana contribuir a la construcción de una cultura de paz?

La cultura es el universo de normas sociales, actitudes, creencias y hábitos compartidos por los individuos de un conjunto social y sobre la cual se asienta la posibilidad de una vida en comunidad con ausencia de violencia. La dimensión de ciudadanía aporta al concepto de cultura ciudadana el desarrollo de competencias que permitan poner en práctica conocimientos y habilidades orientadas a preparar a las personas para ser protagonistas en la construcción cotidiana, social y compartida, de esa vida en comunidad.

Formar en una cultura ciudadana

La Carta Democrática Interamericana, adoptada por los Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos en Septiembre  de 2001, establece que para lograr la consolidación de las democracias, se necesita cultivar y desarrollar una cultura democrática. Es decir, pensar a la democracia como más que un régimen político y adoptarla como una forma de vida.

La educación juega un rol fundamental en esta propuesta, ya que además de educar ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes civiles, políticos, sociales, los prepara y estimula para ejercer una ciudadanía activa, responsable y comprometida cuyo accionar se basa en decisiones respetuosas de los derechos humanos y reconocedoras de la diversidad. Una de las formas de este ejercicio activo es la participación, la cual hoy asume cada vez más y más relevancia en la currícula escolar debido a que la forma más efectiva y legítima para el desarrollo de la ciudadanía es a través de su aprendizaje vivenciado en los ámbitos formal, no formal e informal.

La construcción de una cultura democrática a través de la educación es una de las claves para lograr sociedades más democráticas equitativas y con justicia social, en las cuáles los ciudadanos no sólo puedan hacer efectivo su derecho a elegir sino que también accedan a todas las oportunidades que favorezcan su organización colectiva y  la participación en la toma de decisiones en la agenda pública y en las instituciones, como gobernantes y como gobernados.

Según el Center for Civic Education, en la publicación The Role of Civil Society Organizations in promoting education for democratic citizenship, in collaboration with the Center for Civic Education (2013)“la educación cívica está dirigida a fomentar entre los ciudadanos una participación competente y responsable en la vida política de sus naciones y comunidades. Esta participación debería caracterizarse por un compromiso racional con los valores y principios propios de una democracia constitucional, incluyendo el respeto a los derechos de los individuos y una dedicación al bien común. La educación cívica puede ser implementada en instituciones escolares y/o para el público general o bien para públicos específicos.”

Cambios de paradigma

Con el correr de los años, y la consolidación de los regímenes democráticos en las Américas, a mediados de la década pasada, tuvo lugar un cambio de paradigma, el paso de la educación cívica a la educación ciudadana. En la actualidad, otro cambio de paradigma está en curso, desde la educación ciudadana hacia la educación para una ciudadanía mundial.

En cuanto al primer cambio de paradigma mencionado, los autores Cox, Jaramillo y Reimers presentan en el documento “Educar para la Ciudadanía y la Democracia en las Américas. Una agenda para la Acción”, producido por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2005, una propuesta que implica el paso de la educación cívica tradicional a la educación para la ciudadanía democrática. Este paso supone trascender una educación tradicionalmente basada en conocimientos, para pasar a una educación que,  además del desarrollo de habilidades y actitudes, eduque en una forma de vida democrática en el sistema educativo. El cambio propuesto reconoce que la educación ciudadana implica el desarrollo de competencias, más que la transmisión de conocimientos; adicionalmente, que este esfuerzo debe incluir tanto modificaciones curriculares, como transformaciones en la escuela misma y la forma como la democracia se vive, o no, en su interior.

¿Cómo se define la educación ciudadana?

Según Jaramillo y Murillo Castaño en el documento Educación y pensamiento crítico para la construcción de ciudadanía: Una Apuesta al Fortalecimiento Democrático en las Américas (2013),

“La educación ciudadana se refiere a la formación y desarrollo de actitudes y valores que disponen a las personas a participar en los asuntos públicos, a buscar el bien común y a practicar en las relaciones interpersonales diversas formas de entendimiento social. Por esta razón se requiere que la educación cívica y la ciudadana se implementen conjuntamente” (Páginas 5  y 6).

Para estos mismos autores, sin la educación ciudadana “las personas no podrían comprender que vivir en sociedad es un asunto que les atañe a todos por igual; no desarrollarían plenamente su sentido de justicia y de cuidado por el “otro” ni compartirían experiencias en las que el respeto a la dignidad ajena beneficiara su propio desarrollo humano y el de los demás. Tampoco aprenderían a escuchar y a deliberar, ni se apropiarían de su futuro mediante un pensamiento crítico, colectivo, responsable e independiente. Difícilmente le exigirían a las organizaciones políticas libertad para competir, para que sus proyectos de sociedad logren el acceso al poder formal y al ejercicio del gobierno legítimo.  No le darían cabida al pensamiento opuesto o antagónico. Es decir, la participación política se volvería un espejismo”.

Enrique Chaux, uno de los autores más reconocidos en este campo, propone en el libro Competencias Ciudadanas: De los Estándares al Aula. Una propuesta de integración a las áreas académicas” (2004), cinco principios orientadores de una aproximación integral a la formación ciudadana:

  1. Abarcar todas las competencias necesarias para la acción. Se refiere a trascender los conocimientos e involucrar procesos cognitivos, competencias emocionales y sobre todo, acciones ciudadanas.
  2. Brindar múltiples oportunidades para la práctica de estas competencias. Este enfoque supone el desarrollo de habilidades y éstas sólo se desarrollan en la práctica. Por tanto, su fomento supone la creación de oportunidades dentro y fuera del aula para que esto ocurra.
  3. Integrar la formación ciudadana de manera transversal en las áreas académicas. Todas las áreas tienen una responsabilidad en la formación ciudadana; ésta ya no es sólo asunto de los profesores de ciencias sociales.
  4. Involucrar a toda la comunidad educativa. Involucrar tanto a padres de familia, como a la comunidad cercana a las instituciones educativas.
  5. Evaluar impacto. Ninguna aproximación a la formación ciudadana estará completa si no sabemos si estamos logrando lo que queremos. Por esta razón, la evaluación de impacto es incluida en estos principios.

La noción de competencias es fundamental en el entendimiento del alcance y potencialidad de la educación ciudadana. Según Rosario Jaramillo y Gabriel Murillo Castaño en la mencionada publicación, las competencias ciudadanas se definen como “un conjunto de habilidades cognitivas, emocionales y comunicativas, que debemos desarrollar desde pequeños para saber vivir con los otros y sobre todo, para actuar de manera constructiva en la sociedad”.  Una persona es competente cuando “(…) es dueña de lo que comprende y de sus decisiones; sabe ‘jugar’ con las ideas, crear cosas nuevas e imaginarse soluciones creativas y correctas. No permite que le impongan formas” (Páginas 7- 10).

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Las competencias ciudadanas: 

  • Competencias comunicativas: habilidades relacionadas con el diálogo, deliberación y alteridad  —respeto al otro y a la diferencia.
  • Competencias cognitivas: habilidades de pensamiento y análisis crítico cada vez más descentradas, sistémicas y complejas.
  • Competencias emocionales: habilidades vinculadas con la identificación y respuesta constructiva para la armonización de los sentimientos propios y ajenos.
  • A nivel general todas estas habilidades promueven los siguientes objetivos sociales, que se desarrollan, persiguen y construyen, dentro de la escuela y en nuestras comunidades:
  • La convivencia pacífica;
  • La participación y la responsabilidad democrática;
  • La pluralidad, la identidad y la valoración de las diferencias.

Para su desarrollo, las competencias ciudadanas requieren de distintos factores, tales como el contexto socio cultural en el cual estas competencias se enseñan, se practican y desarrollan en, y desde, distintos ámbitos como lo son la escuela, la familia, la comunidad. En este sentido, las competencias ciudadanas son más que un ejercicio individual, una construcción producto de un proceso colectivo, socialmente construido, de negociación permanente de significados en el cual el individuo es un sujeto activo e interactivo, en un determinado contexto social.

Entre las competencias ciudadanas más importantes para fomentar en relación a la construcción de una cultura de paz, se halla la empatía, definida como la capacidad de conocer y entrar en el mundo de otros, colocarnos en su lugar, respetar, reconocer y valorar sus perspectivas, sin llegar a ser influenciado por las visiones, los valores y/o las creencias que le son propias. La empatía emocional comporta también la compasión, el cuidado y la preocupación por otros seres humanos. El desarrollo de la empatía se asienta en una noción de igualdad entre los seres humanos que es fundamental para sentarnos a dialogar y buscar soluciones juntos a los desacuerdos que se presentan en nuestra vida cotidiana, en los ámbitos familiares, laborales, comunitarios, etc.
Cada vez más el desarrollo de esta competencia está asociada con el pensamiento crítico y la creatividad.

Según Jaramillo y Murillo en la mencionada publicación,

“(…) el pensamiento crítico es ‘no creer en todo lo que se dice’. Más que tomar las cosas como son, el pensador crítico se pregunta por qué son así y si podrían ser de manera diferente. Muchos estudiosos creen que el objeto central del pensamiento crítico es el pensamiento mismo y la validez del conocimiento que éste genera. Otros piensan que el rigor y las habilidades mentales son muy importantes pero no bastan por sí solas. Para ellos, el pensamiento crítico está enmarcado en la cultura y en la historia. Tiene la posibilidad de transformar lo que encuentra problemático, inconsistente e injusto. Esta visión del pensamiento crítico como un conjunto de herramientas cognitivas y morales significa, entre otras cosas, que no es solamente una habilidad o un conjunto de habilidades cognitivas, sino que requiere también educar la sensibilidad y la inclinación para que las personas puedan discernir y con ello estar dispuestas a actuar de manera consciente y responsable” (Página 5).

La creatividad, en este contexto, no significa solamente generar simplemente una idea nueva, sino una idea que ponga en juego y refuerce mutuamente los distintos y complejos factores contextuales junto con la diversidad de perspectivas, valores, tradiciones y creencias de las personas, para buscar transformaciones. No siempre las ideas nuevas generan cambios. La empatía reforzada con creatividad y pensamiento crítico es un camino de búsqueda de un cambio inclusivo e igualitario fundamental para desarrollar una cultura de paz. La creatividad es justamente ese resultado de nuestra apertura a combinar y negociar perspectivas, propias y ajenas, que sean capaces de cuestionar situaciones presentes y los tradicionales andamiajes para sus soluciones. Esto vale tanto para abordar las grandes problemáticas sociales en nuestras comunidades, como también aquellas que afectan el aula, las instituciones y comunidades educativas. La empatía nos inspira a reconocer la multiplicidad de actores que supone la educación e invita a la búsqueda de soluciones compartidas, basadas en los principios de generosidad, cuidado, amistad y solidaridad con los demás.

Las competencias mencionadas también se refuerzan con aquellas relativas al desarrollo de una cultura en la legalidad, definida por Roy Godson en su “Guía para desarrollar una cultura en la legalidad” (2000), como “el conjunto de creencias, valores, normas y acciones que promueve que la población crea en el Estado de derecho, lo defienda y no tolere la ilegalidad”. Para el autor, “Una cultura de la legalidad significa que la cultura, ethos y pensamiento dominantes en una sociedad simpatizan con la observancia de la ley. En una sociedad regida por el estado de derecho, la gente tiene capacidad para participar en la elaboración e implementación de las leyes que rigen a todas las personas e instituciones dentro de esa sociedad, incluyendo al gobierno mismo. Esto no es lo mismo que gobernar con la ley, en donde los gobernantes (incluso los que han sido electos democráticamente) imponen la ley a otros en la sociedad. Bajo el estado de derecho, todos (independientemente de la raza, credo, color, género, antecedentes familiares o las condiciones económicas, sociales y políticas) deben ser tratados por igual. El gobernante, al igual que el gobernado, debe responder ante el estado de derecho. ” (Páginas 2 a 3).

La cultura en la legalidad define, tanto a nivel del Estado, como en los ámbitos institucionales más distintos de nuestras sociedades, como una institución educativa, un club, una organización, los marcos (y no sólo los límites) de nuestro accionar. Construir una cultura de paz a partir de formar para aprender a vivir juntos, requiere tanto de la enseñanza de las normas de convivencia como también, y sobre todo, las habilidades para su construcción. La construcción conjunta de normas de convivencia es una de las estrategias más importantes en el desarrollo de una cultura de paz en las instituciones educativas. Hace que las reglas sean apropiadas por todos los miembros de la comunidad educativa, haciéndolas legítimas, y por tanto efectivas. Creer y confiar en las normas que nos rigen nos da seguridad y reduce nuestra vulnerabilidad. Sabemos que los conflictos que se producen pueden canalizarse y resolverse a partir de las mismas. Igualmente, y aunque no es fácil, las instituciones deben ser capaces de estar abiertas a revisar estas normas cuando éstas ya no responden a las necesidades de las personas para su vida en comunidad, es decir, cuándo éstas prefieren tomar decisiones de forma individual y sin apego a consensos establecidos, tradiciones, valores y creencias instituidos.

Si concebimos las acciones individuales como relaciones sociales, observaremos que el aprendizaje sobre las modalidades de la toma de decisión, las estrategias de medios afines, el debate, la construcción de consenso y el disenso, forman parte de una perspectiva que desplaza a la toma de decisión y al individuo en sí mismo como el centro único de atención, para pasar a pensar en sus motivaciones, intereses y consecuencias que ubican y relacionan al individuo en un determinado contexto y en función de una comunidad.