Estrategias de enseñanza para aprender a vivir con otros: Participar, hacer y transformar

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Una de las estrategias para desarrollar una cultura de paz y convivencia es fomentar la participación comprometida y activa de los estudiantes, cualquiera sea el nivel educativo en el que estén. Es a través de la participación, que los estudiantes ponen en diálogo con los demás sus conocimientos e ideas, y las practican.

¿Qué significa participar? Si bien hay muchas definiciones de este concepto, y en general se lo relaciona con la política pública, la palabra participar trae consigo un significado mucho más amplio que coincide con una idea de ciudadanía que excede los derechos civiles y políticos, para abarcar la promoción y el ejercicio pleno de los derechos humanos. Así, cuando hablamos de prácticas pedagógicas que estimulan la participación social, nos referimos a aquellas que posibilitan la realización plena del ser humano.

Fomentar la participación contribuye, además de expresar los pensamientos, a fortalecer en las personas la autoestima, la auto-confianza, y la valoración y reconocimiento de uno mismo y de los demás. En este sentido, la idea de participación lleva en sí misma una esencia social, de construcción colectiva y solidaria, que completa este concepto de ciudadanía al cual nos referíamos anteriormente.

A través de la participación una persona puede incidir o influir en distintos temas. Es decir, tomar parte y lograr que sus ideas y su voz, sean tenidas en cuenta. Así, aquel tema sobre el cual participamos comienza a tener una energía o fuerza nuestra, que lo transforma y moldea.

Sin embargo, participar quiere decir también, recibir una parte de algo. Esto significa que al mismo tiempo que estoy tomando parte en un tema, también estoy recibiendo las opiniones y pensamientos de otros. Éstos nos van moldeando y transformando simultáneamente. Por tanto, cuando participamos, somos parte de un proceso que no sólo pretende cambiar algo, sino que nos coloca a nosotros mismos en un cambio continuo. Cuando participamos, damos y recibimos, y así vamos aprendiendo, creciendo y mejorando nuestras ideas.

Poner en práctica, significa “hacer”, es decir, una acción en la cual una persona le da el ser material e intelectual a una cosa. Este hacer no siempre está vinculado con transformar.

Si buscamos la palabra “hacer” en el diccionario de la Real Academia Española, encontramos que tiene 58 definiciones. Entre ellas, presentamos las siguientes:

  1. tr. Producir algo, darle el primer ser.
  2. tr. Fabricar, formar algo dándole la forma, norma y trazo que debe tener.
  3. tr. Ejecutar, poner por obra una acción o trabajo. Hacer prodigios. U. a veces sin determinar la acción. No sabe qué hacer. U. t. c. prnl. No sabe qué hacerse.
  4. tr. Realizar o ejecutar la acción expresada por un verbo enunciado previamente. ¿Escribirás la carta esta noche? Lo haré sin falta. En los escritores clásicos era frecuente la sustitución de lo por el adverbio afirmativo ¿Vendréis mañana? Sí haré.
  5. tr. Dar el ser intelectual, formar algo con la imaginación o concebirlo en ella. Hacer concepto, juicio, un poema.
  6. tr. Contener, tener capacidad para. Esta tinaja hace cien arrobas de aceite.
  7. tr. Causar, ocasionar. Hacer sombra, humo.

Como podemos observar, hacer implica realizar una acción en la cual una persona, con su imaginación, memoria, historia, cultura, le da la esencia, el ser material e intelectual, a una cosa. Cuando uno “hace”, está dando de su propia identidad, su fuerza, energía, capacidad, creatividad, historia y experiencias a todo aquello que transforma, que “causa” u “ocasiona”.

Para lograr realmente un cambio a través del hacer, se requiere entender el hacer  desde una perspectiva colectiva: al dar el ser material e intelectual a una cosa nos ponemos en juego, nos “jugamos” nosotros mismos, y ese “nosotros”, en distintos contextos, es el producto de un entramado con los demás.   “Hacer” implica siempre una relación con los demás, no sólo porque nuestras acciones repercuten en otros, sino porque necesitamos de otros para llevarlas a cabo.

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Esta idea no implica dejar de lado la individualidad del alumno, ni reducir el desarrollo de la personalidad. Antes bien, implica hacer consciente en ellos mismos los límites de la acción individual, cuando se está buscando una transformación que redunde en un bien común.

Si para lograr el bien común es necesario aprender a vivir juntos, aprender a vivir juntos puede considerarse como un objetivo de bien común. En síntesis, si no aprendemos a vivir con otros, es muy difícil alcanzar metas comunes como grupo, comunidad, nación, sociedad.

Por lo mencionado, podemos decir que aprender a vivir con otros es una construcción de acciones cotidianas, en las que, a partir del respeto, del cuidado y la búsqueda del bienestar mutuo, se van generando acciones que transforman nuestras realidades positivamente. Realidades que se interrelacionan cada vez más.

En este sentido, para construir un proceso de enseñanza-aprendizaje continuo y sostenido, se recomienda promover iniciativas en el aula donde los estudiantes además de ser protagonistas de su aprendizaje, sean protagonistas de la historia, del día a día, de la construcción cotidiana de su aula, de su escuela y de la comunidad, en la cual están involucrados una infinidad de actores. Esta construcción debe ser a su vez parte de la propia historia personal de los estudiantes, teniendo en cuenta sus intereses y metas. Así, las historias personales se transforman en historias o recorridos colectivos que van configurando múltiples entramados que enriquecen y potencian los objetivos y metas de las personas.

Las transformaciones suceden cuando se encuentran respuestas creativas que son resultado no de un agregado de acciones individuales, sino de una síntesis que pone a todas las ideas en juego, las combina e integra en un todo superior a cada uno de los integrantes de la comunidad educativa. Un todo que obliga a “jugarnos”, no sólo por el cumplimiento de los objetivos comunes, sino también por las personas que lo componen. En ese todo cada uno asume una responsabilidad, un compromiso de responder hacia los otros, porque de ese modo, respondemos a nosotros mismos.